El castillo de Himeji ya está construido. Es blanco, es precioso, es patrimonio. Y a ti no te dejen entrar.
Tú no eres el Daimio. Eres el jefe de un clan menor que está dando vueltas por fuera del Castillo de la Garza Blanca tratando de colocarse a la fiesta más exclusiva del Japón feudal.
Tu plan es brillante y un poco desesperado: mandar a tu gente a hacer méritos durante 9 turnos.
Tienes 3 tipos de infiltrados y ninguno quiere trabajar:
- Tu jardinero: Que supuestamente va a cuidar el estanque, pero en realidad lo mandas a plantar linternas para que el Daimio diga «que bonito, ¿quién fue?»
- Tu guerrero: Lo pones en el patio de entrenamiento a hacer flexiones con la armadura puesta para que lo asciendan a guardia del castillo.
- Tu cortesano: El más caradura. Lo mandas directo al interior del castillo a chismear con la corte y a ver si le cae bien a alguien importante.
Todo se decide con dados. Pero no son tus dados. Cada ronda alguien tira un puñado de dados de colores al centro y todos tienen que pelearse por ellos. Si tomas un dado bajito, haces una acción humilde, pero te dan monedas. Si tomas un dado alto haces una acción poderosa,
pero le pagas el soborno al jardinero del puente.
Y aquí está la maldad del juego: tus trabajadores son vagos. Si pones a uno en un sitio, para poder poner a otro en un sitio más avanzado, el anterior tiene que poder «verlo» y darle permiso. Es como una empresa familiar japonesa del siglo XVI.














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